jueves, 12 de abril de 2012

Si conocerte es odiarte, entonces amarte debe ser como el suicidio.

Me obligué a contar hasta diez antes de que la rabia se hiciera con el control de mi cuerpo. La misma vieja historia recorría mi cabeza haciéndome responsable del odio hacia mí misma y hacia todo lo que alguna vez había conseguido robarme el poco orgullo que habitaba en mí. Ya no quedaba tiempo para las oportunidades que tantas veces me habían jurado en mi imaginación cambiar todas las equivocaciones que me perseguían. Mis manos no respondían al frío que congelaba mis venas. Las ojeras que decoraban mis ojos se me antojaban irreversibles e inútiles ahora que la verdad hablaba por sí misma, dejando atrás la velocidad de las primeras decisiones. Es cierto que toda aquella furia escondía un puñado de lágrimas que se desahogarían en silencio, a solas, pero incluso la tristeza tenía un motivo mayor que la desesperación para arrebatarme la energía que tiraba de mí hacia el subsuelo. Las contradicciones no dejaban de sucederse en el eco de mi mente, golpeando mi paciencia y aumentando la ansiedad que se cernía sobre mis dudas. Todas mis preocupaciones se confundían sin llegar a conclusiones claras retando a mi cansancio a pensar en nuevas soluciones que consiguieran sacarme de allí antes de acabar enferma, infectada de realidad incoherente y absurda que sólo me hundiría en la paranoia.

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