domingo, 22 de abril de 2012

La lluvia nos mojaba a los dos por igual, enfrentando nuestra furia debajo de aquel cielo negro como el infierno. Las gotas resbalaban por su rostro con exquisita velocidad dejando que la tenue luz de la noche se encargara de enfocar la conciencia limpia que asomaba a sus ojos. Esta vez no era furia. Ni siquiera odio. La presión que me cerraba la garganta palpitaba en mi cerebro formando una única herida que me provocaba un intenso dolor en mitad de la espina dorsal. Una hoguera invisible ardía entre los pocos metros que nos separaban. El estrépito del agua chocando bajo nuestros pies retumbaba en mis oídos separándome del mundo, acercándome al vacío que luchaba entre mis huesos calados de pena. Alcé la vista para encontrarme con su impasible figura detrás del agua que empapaba su cuerpo. Le di las buenas noches al universo, y me disolví entre la lluvia.

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