viernes, 30 de marzo de 2012

Verdad es una palabra sucia.

Cerré los ojos en un amago de terminar con todo en la oscuridad de mis pupilas. El viento movía los mechones de pelo que cedían su peso al aire, descolocándolos en mi frente y en el pequeño hoyuelo de mi barbilla. El sol me regalaba el calor de sus últimos rayos de luz en lo alto de las escaleras en las que me hallaba sentada. No quería pensar. No deseaba tener la obligación de respirar a no ser que fuera para expulsar de mi pecho esa sensación de asfixia que ahogaba mis pulmones con cada aliento que salía de mi boca. No me apetecía disfrutar de ninguna compañía que no fuera la mía, ni de ningún lugar que no fuera aquel. En algunas ocasiones era fácil dejarse llevar por esa pacífica corriente que se esparcía como una brisa por encima de mi espíritu, pero en otras, era el mayor reto de mi subconsciencia intentar sustituir el dolor que aprisionaba mi cabeza y mi cuerpo por la estabilidad que no me podía conceder el mundo. Permití que el crepúsculo quemara mis ojos antes de esconderse en la inmensidad del cielo que le abría los brazos. Me escondí entre mis rodillas escuchando los latidos irregulares y veloces que peleaban en mi interior por dominar mi esperanza. Las verdades pueden llegar a ser palabras muy sucias.



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