jueves, 22 de marzo de 2012

Será que se ha ido la inocencia que llegó conmigo.

Miré el cielo sin estrellas que caía encima de Madrid. El tiempo había sido mi enemigo, mi aliado y mi confesor, y ahora los dos nos dábamos la espalda para no mirarnos a los ojos. Las voces del pasado llamaban a mi puerta con grandes ojeras grabadas en cada grito que se abría paso por la garganta de la oscuridad. Quizá fuera demasiado tarde para gritarle al mundo un último deseo. 



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