martes, 6 de marzo de 2012

No todos los ángeles tienen la suerte de vivir en el cielo.

Ella entierra su rostro bajo sus rodillas. Sus ojos le rogan que no llore más, que ya ha tenido suficiente por hoy, pero no le hacen caso. Sus manos tiritan de frío entre las mantas rotas que intentan servirle de hogar en el suelo de las calles. Las medias rasgadas dejan pasar el aire helado hasta el último rincón de su cuerpo enfermo de soledad, y el ruido de los coches es el único sonido que complementa su silencio de tristeza. No tiene lugar a dónde ir, ni casa, ni una mano amiga que consuele lo que queda de su persona. Ella vaga por la oscuridad de la ciudad intentando encontrar un sitio caliente donde poder dormir sin peligro. Sus cabellos despeinados se posan en su cara con frustración, con una ola de cansancio que termina en su boca, en la comisura de unos labios que han olvidado qué significa sonreír. Sus pies se dirigen sin rumbo hacia dónde quiera que se encuentren los caminos asfaltados, a espera de que algún automóvil pueda prestarle una pequeña suma de dinero para mantenerse con vida a cambio de un rato de compañía, de unas horas que le permitan comer gracias a la angustia humana de satisfacer los instintos. Sus pupilas ya no brillan, su semblante ha adoptado un aspecto duro y serio que no podrá desaparecer nunca. Sus oídos no escuchan, sólo oyen los pasos indiferentes de los miles de ciudadanos que sólo se preocupan de su propia suerte, de esos que no agachan la vista cuando tropiezan con unos ojos avergonzados al pie de sus respectivas casas pobladas de dinero.



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