martes, 13 de marzo de 2012

No hay mayor pérdida que la muerte de las esperanzas.

El sonido se sus pasos nerviosos resonaba en las paredes de la fúnebre sala por la que se paseaba con aire impaciente e insatisfecho. La mirada desesperada y profundamente vacía que cargaban sus ojos analizaba cada esquina con una ansiedad que estaba muy lejos de atender a razonamientos lógicos. El silencio que alimentaba el ambiente frío y distante de la habitación acompañaba la respiración entrecortada y exhausta que se habría camino entre sus pulmones enfermos. La cura que necesitaba su alma nunca llegaría a tiempo, y ni siquiera esperar un milagro en los últimos segundos de vida que le quedaban le salvaría de las fauces del maldito presente que empezaba a convertirse en un pasado sin nombre delante de él.
Con los ojos perdidos en la infinita oscuridad de la noche y el corazón hundido en la sangre que se congelaba en el nacimiento de su pecho, decidió desvanecerse ante los ojos de aquel ambicioso mundo que le contemplaba luchar contra la locura que poseía sus entrañas. 
Ya no quedaban doctores que pudieran salvar su cuerpo del cúmulo de sentimientos que lo hundían en las más despiadadas alucinaciones. 




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