viernes, 2 de marzo de 2012

La sombra del día nubla tu existencia.

Estar allí dentro me sofocaba. Los oídos me pitaban con el detestable ruido del gentío. Codazos y empujones me llegaban desde todos los ángulos posibles. La boca se me resecaba de la ansiedad y hasta mis ojos perdían el rumbo entre la inmensa cantidad de gente. Pero allí seguía mi conciencia, de pie, sin inmutarse, invisible, observando la masa de personas que se movía de un lado a otro sin ningún propósito más que llamar a la puerta de mi nerviosismo, concentrada en los miles de pies que caminaban para llegar a sus respectivos caminos, con el sentido de la audición pateado por las ruidosas pisadas del mundo ami alrededor.
Lo cierto es que las miles de voces sonaban como una misma. Eso sí, si te parabas a escuchar con detenimiento, había claras diferencias entre las débiles y las fuertes. No era cuestión de gritos lo que las hacía sobresalir entre las otras, si no la precisión y la seguridad que las caracterizaba. Pero claro, era imposible reconocer cualquier cosa entre la muchedumbre que no fuera una característica común a todas: El intento de las personas por ser todos de una misma manera, de la misma forma hipócrita e incrédula que los demás.


No hay comentarios:

Publicar un comentario