lunes, 27 de febrero de 2012

No recibimos ni una mínima parte de lo que damos.

-¿Pero alguna vez te has planteado si darías la vida por ella?
Su pregunta cayó encima de mi conciencia como una bala heriendo las pocas fuerzas que conservaba intactas desde el último día en que contemplé su cara, ese hermoso rostro que desorbitaba todos los sentidos que habitaban en mí. Las tardes de aquel verano empezaron a darme vueltas en la cabeza, y se me formó un nudo en la garganta al ver la imagen de unos grandes ojos de color salvaje mirarme desde aquel lado de mi mente lleno de recuerdos, ése que se paseaba a sus anchas entre todo el mar de dolor que llevaba a la playa vacía de mis sentimientos  Mi corazón se aceleraba con sólo pensar en su piel, en sus manos, en su presencia. ¿Acaso tenía alguna duda sobre aquel latido que se encendía en mi pecho? ¿Podía permitirme la libertad de imaginar sus dedos entrelazados a los míos sin sentir ese escalofrío de infinito placer recorriendo mi espalda? No, era imposible tratar de ignorar aquella dependencia íntima y personal que me ataba a su alma.
La respuesta acudió a mi boca demasiado rápido.
-No me hace falta plantearme nada, por desgracia lo he sabido desde el principio. ¿Hay alguna razón por la que no regalarle la vida a la persona que hace que la tuya tenga sentido?





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