sábado, 25 de febrero de 2012

Me dejé caer en el sofá con todo el peso de mi cuerpo. A estas alturas ya debería haberme acostumbrado al mal carácter de Alice, pero por poco me explotaba la cabeza de insultos dirigidos hacia ella. 
Respiré profundamente y contesté con toda la calma que mis terminaciones nerviosas me permitían.
-Cállate si no sabes de lo que hablo.-La aludida me miró desde la otra punta de la habitación con desagrado, lo cual para mi sorpresa, despertó una agradable sensación de triunfo en mi pecho. 
-Deberías replantearte esa actitud desafiante que tienes últimamente, Hayley. Parece que ya has olvidado que sólo pretendo ayudarte.
Conocía a Alice desde que tenía uso de razón. Cuando estuvimos en el parvulario se había agenciado el apodo de ‘mejor amiga’ por su propio pie y desde entonces no había encontrado forma de quitarle de la cabeza semejante tontería. Cualquiera podría pensar que yo era una maldita cínica se mirara por donde se mirara, pero mi comportamiento estaba justificado por mi parte. Durante todos esos años nos habíamos dedicado a fingir ser amigas a sabiendas de que a ninguna de las dos acababa de agradarle la idea de convivir con la otra, pero nuestras respectivas familias así lo habían planeado mucho antes de que pudiéramos elegir nuestras relaciones sociales, y no quedaba otra que tomar la situación por hipocresía buena y bonita. Lo cierto es que tenía motivos suficientes para aguantar sus estupideces ya que la mayoría de las veces me servían para chantajearla cuando llegaba ebria a las tantas de la mañana, pero de todas formas Alice era el tipo de persona con la que una prefiere llevarse bien para no tener problemas. A veces me daba la sensación de haber estado con ella más tiempo incluso del que podía recordar de tan bien que la conocía, y eso me espantaba.
Éste era uno de los casos.
-Ah, cierto. Que ahora te dedicas en cuerpo y alma a sacrificarte por los demás, cariño.-Me regocijé en mi propio ego. Sólo había una cosa en el mundo que molestaba más que los domingos familiares a mi fiel amiga: La sinceridad. Bueno, eso y que la llamaran ‘cariño‘-Parece que al final la educación que te puso la tía Jennifer va a salir a la luz después de tantos años escondida.
-¡Algún día seré yo quien termine con esa boca sucia que tienes, rata de cloaca!
Alice soltó un bufido y se fue pegando gritos por el pasillo que se encaminaba a la cocina. 
Me recosté en el sofá con la conciencia tranquila mientras la oía alejarse soltando sandeces. Nunca cambiaría, y eso, me alegraba.


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