jueves, 16 de febrero de 2012

Jueves 11 de Marzo

Me senté en el vagón con la mochila encima de las piernas. Otra mañana más que añadir a mi calendario de días semanales en los que mis ojos tenían la oportunidad de encontrarse con los suyos. El cristal del metro reflejaba mi tímido rostro en la ventana de en frente. El frío aún no quería desaparecer de mis dedos, y por mucho que me frotaba los guantes para intentar que mis manos entraran en calor, el maldito rastro del poco invierno que quedaba se negaba a irse de mi cuerpo. Mientras dejaba que el suave movimiento que mecía el tren acunara mis pensamientos, busqué con la mirada la única ilusión que hacía que cada mañana fuera aquella estación de Madrid la que sostuviera mi sonrisa inocente e ilusa en el suelo del tren, de lunes a viernes, sin excepción alguna. En efecto, a tan sólo unos pasos de mi asiento se encontraba él, con la mirada perdida en el horizonte. Solté un respiro, y dejé que mis ojos se cerraran en el incómodo y doloroso silencio que todas las mañanas me golpeaba con una ola de posibilidades diferentes. Ojalá algún día reuniera el valor suficiente como para acercarme a él y pronunciar su nombre en voz alta, y así conseguir que sus ojos me miraran en el que por un segundo sería el momento más feliz de mi vida. Todas estas cavilaciones e ilusiones se empujaban en mi cabeza sin saber lo cerca que estaban mis expectativas personales de tocar la realidad aquel infeliz 11 de marzo, cuando encontré sus pupilas observándome con cariño a tan sólo unos centímetros de mi butaca. Sus labios pronunciaron mi nombre y se acercaron a los míos con suma cautela, casi con miedo de ser rechazados, y con la mayor dulzura que pudieron besaron mi boca ilusa y desconcertada en medio del suave ronroneo del vagón. 
Mi vida acababa de cambiar por arte de magia. Éramos dos desconocidos que no dudaban en entregare su corazón el uno al otro. La fortuna que había tenido subiéndome a ese tren esa misma mañana no me la podía arrebatar nadie, ni el más deprimente de mis recuerdos, porque había encontrado lo único que había hecho temblar de satisfacción mi débil y diminuto corazón: Él.
Entonces, cuando la vida parecía sonreírme por una milésima de tiempo, el mundo se apagó por completo y todo cuanto conocía se sumió en la infinita oscuridad. Me aferré a la mano de mi nuevo compañero con más fuerza de la que mis miembros me permitían y esperé a que la luz volviera. El ruido de una gigantesca explosión taponó mis oídos y los abandonó en el silencio. La luz que la bomba había producido al explotar me permitió ver cómo miles de personas luchaban por salir de aquel infierno en llamas intentando encontrar el modo de escapar. Una inmensa ola expansiva de fuego y gritos se expandió por los primeros vagones del tren mientras el humo entraba en todos los conductos de ventilación y acababa con el poco oxígeno que nos iba a dar la esperanza de escapar ilesos de aquella masacre humana. Justo antes de entender lo que estaba sucediendo, comprendí que por muchas guerras que se sucedieran en el mundo y por muchos años que pasaran, el ser humano siempre seguiría siendo el mayor arma de destrucción del universo.
Besé por última vez los labios ardientes que el destino había decidido llevarse consigo, y me preparé para desaparecer con ellos en medio de las voces de histeria que inundaban el tren.




No hay comentarios:

Publicar un comentario