sábado, 25 de febrero de 2012

A ese capítulo de mi vida lo denominé CEGUERA INFANTIL. El primer término iba dedicado a lo que podríamos afirmar, serían mis ojos. El segundo hacía referencia a esa etapa de toda existencia de cada ser humano en la que la inocencia manda y dirige todas las acciones de la persona. Ahora bien, eso no quería decir que el individuo percibiera menor número de sucesos importantes en su época de niñez si no que de todo lo captado prefiere ver el lado bueno y menos amargo. 
Por supuesto, aquel título le venía como anillo al dedo a la gran ola de desprecio en la que se movían mis sonrientes y felices ojos aquel día, que mirando a aquellos canallas que parecían ratas de laboratorio correteando de un lado a otro para buscar la salida en su celda de diminutos cerebros plagados de cobardía, se reían abiertamente de todo cuanto creían ser y no eran las miradas ebrias vecinas. 
Así, entre ratas y ratones, me dediqué a observar el rostro pálido y desganado del señor Beer, años antes de mirada honesta y pura, el más bromista de los presentes en un pasado, quizá, no tan lejano como parecía, de edad avanzada y apariencia amigable, que te hacía recordar a un viejo conocido de esos que siempre ofrecen ayuda por la calle para satisfacer su desmesurada carga de conciencia, y ahora, con los ojos perdidos en la infinidad que el suelo muestra a quienes adoran la culpa, con la cabeza entre las piernas y la dignidad bajo sus gafas de los noventa, esas color asfalto desgastado que le había regalado su mujer antes de presentarle a su amante el día antes de su aniversario, murmuraba palabras de disculpa que sólo entendían aquellos seres queridos que le esperaban en el cielo, si es que tenía alguno. 
Me pregunté a qué habían aspirado toda esa panda de inútiles durante toda su vida, y las poco agraciadas facciones de Abbey, la joven que necesitaba morfina para conciliar el sueño todas las noches desde que la ingresaron en el manicomio de Saint Cleverson, que me observaban como si vez ninguna me hubieran conocido, gracias a los métodos de relajación nocturna que hacían que su cabeza pareciera una piñata de medicamentos que podrían hacerla estallar en cualquier momento; me aseguraron que no valía la pena esperar algo útil de aquella banda de estúpidos dementes. 


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