domingo, 26 de febrero de 2012

En algunos casos, un TÚ y un YO no tienen nada que ver con un NOSOTROS.

Se esfumaron todos los restos del miedo que llevaba años acumulado en mi cuerpo. Mis manos dejaron de temblar y recorrieron con sumo cuidado el lugar al que pertenecían, haciendo que con sólo una caricia cobraran vida todos y cada uno de los sentidos de mi ser. Mi boca no necesitaba palabras que la ayudaran a explicar aquella sensación de alivio que salía del centro de mi pecho. Mi respiración formaba parte de la nana que acompañaba nuestras miradas. Clavé los ojos en él, en su cálida sonrisa, y supe que no necesitaba nada más. Siempre había intentado hacer las cosas bien. Todos los días de mi vida había estado buscando una razón que consiguiera recordarme que estaba viva sin necesidad de pensarlo día y noche, un único motivo que me impulsara a despertar. Y ahora, por primera vez, no me estaba equivocando, no estaba dudando de lo que realmente quería. Mi antigua inestabilidad emocional había sido sustituida por una nueva debilidad. Esta vez no iban a ser aquellos temores solitarios los que se acordaran de mí cada noche. Ahora el miedo que asolaba mi corazón era mucho mayor, era el dolor sincero de perder todo cuanto me hacía feliz. Por primera vez me sentía a salvo en sus brazos, y eso era todo lo que podía pedir. Ese equilibrio que me mantenía en pie.
Le besé en los labios y dejé que se parara el mundo mientras sus ojos me protegían.


  El despertador resonó como una bomba a punto de estallar en mi cabeza. Me incorporé en la cama con los ojos entrecerrados a causa de la luz que entraba por la ventana de la habitación. Por un segundo pensé en desvanecerme allí mismo con tal de no tener que soportar mis propios anhelos. Salí de entre las sábanas y me acerqué a los rayos de sol que traspasaban los cristales.
Una vez más allí estaba yo, en medio de todo, y al lado de nadie.





No hay comentarios:

Publicar un comentario