miércoles, 29 de febrero de 2012

I never thought I'd die alone.

Alcé los ojos con miedo y me descubrí temblando de los pies a la cabeza como una hoja caída y pisoteada por miles de pies desconocidos. Quizá fuera cierto que las personas podemos desarrollar una extraña dependencia hacia otras, pero yo no quería sentir aquel nudo en la boca del estómago cada tarde que me pasaba con la cabeza a punto de estallar debajo de la almohada. No quería desperdiciar más tiempo esperando el resultado de una decisión que no sólo dependía de mí. Estaba cansada de tachar días y meses que no hacían más que ocupar sitio en el calendario, que eran mañanas y noches perdidas e inservibles. Me sentía como una maldita desconocida intentando encontrar la manera de actuar antes de que el tiempo volviera a jugármela con más fuerza. Pero no podía negar que era desconcertante que alguien a quien ni siquiera conocía pudiera ejercer aquel poder sobre mí, el de que consiguiera que mi vida no fuera una equivocación más, como lo era yo a la vista del estúpido mundo.



lunes, 27 de febrero de 2012

No recibimos ni una mínima parte de lo que damos.

-¿Pero alguna vez te has planteado si darías la vida por ella?
Su pregunta cayó encima de mi conciencia como una bala heriendo las pocas fuerzas que conservaba intactas desde el último día en que contemplé su cara, ese hermoso rostro que desorbitaba todos los sentidos que habitaban en mí. Las tardes de aquel verano empezaron a darme vueltas en la cabeza, y se me formó un nudo en la garganta al ver la imagen de unos grandes ojos de color salvaje mirarme desde aquel lado de mi mente lleno de recuerdos, ése que se paseaba a sus anchas entre todo el mar de dolor que llevaba a la playa vacía de mis sentimientos  Mi corazón se aceleraba con sólo pensar en su piel, en sus manos, en su presencia. ¿Acaso tenía alguna duda sobre aquel latido que se encendía en mi pecho? ¿Podía permitirme la libertad de imaginar sus dedos entrelazados a los míos sin sentir ese escalofrío de infinito placer recorriendo mi espalda? No, era imposible tratar de ignorar aquella dependencia íntima y personal que me ataba a su alma.
La respuesta acudió a mi boca demasiado rápido.
-No me hace falta plantearme nada, por desgracia lo he sabido desde el principio. ¿Hay alguna razón por la que no regalarle la vida a la persona que hace que la tuya tenga sentido?





domingo, 26 de febrero de 2012

De las preguntas no siempre es posible obtener respuestas.

Seguí caminando como si no sucediera nada. Me sentía como una completa inútil mientras echaba la vista hacia atrás cada dos por tres. Había algo en mí que necesitaba su presencia, que le necesitaba a él para ser exactos, y eso me descolocaba todos los planes. Me dolía la cabeza de tanto darle vueltas al asunto. Hacía mucho que no me tenía que preocupar por nada que fuera lo suficientemente estresante como para sacarlo de contexto, pero esto se me estaba yendo de las manos a la velocidad de la luz. No sé cuántas veces pude llegar a darme la vuelta para echar un vistazo a la bajada de la calle, había perdido la cuenta hacía rato, pero en ninguna de mis ojeadas había visto nada que me interesara. Me estaba desequilibrando.

En algunos casos, un TÚ y un YO no tienen nada que ver con un NOSOTROS.

Se esfumaron todos los restos del miedo que llevaba años acumulado en mi cuerpo. Mis manos dejaron de temblar y recorrieron con sumo cuidado el lugar al que pertenecían, haciendo que con sólo una caricia cobraran vida todos y cada uno de los sentidos de mi ser. Mi boca no necesitaba palabras que la ayudaran a explicar aquella sensación de alivio que salía del centro de mi pecho. Mi respiración formaba parte de la nana que acompañaba nuestras miradas. Clavé los ojos en él, en su cálida sonrisa, y supe que no necesitaba nada más. Siempre había intentado hacer las cosas bien. Todos los días de mi vida había estado buscando una razón que consiguiera recordarme que estaba viva sin necesidad de pensarlo día y noche, un único motivo que me impulsara a despertar. Y ahora, por primera vez, no me estaba equivocando, no estaba dudando de lo que realmente quería. Mi antigua inestabilidad emocional había sido sustituida por una nueva debilidad. Esta vez no iban a ser aquellos temores solitarios los que se acordaran de mí cada noche. Ahora el miedo que asolaba mi corazón era mucho mayor, era el dolor sincero de perder todo cuanto me hacía feliz. Por primera vez me sentía a salvo en sus brazos, y eso era todo lo que podía pedir. Ese equilibrio que me mantenía en pie.
Le besé en los labios y dejé que se parara el mundo mientras sus ojos me protegían.


  El despertador resonó como una bomba a punto de estallar en mi cabeza. Me incorporé en la cama con los ojos entrecerrados a causa de la luz que entraba por la ventana de la habitación. Por un segundo pensé en desvanecerme allí mismo con tal de no tener que soportar mis propios anhelos. Salí de entre las sábanas y me acerqué a los rayos de sol que traspasaban los cristales.
Una vez más allí estaba yo, en medio de todo, y al lado de nadie.





sábado, 25 de febrero de 2012

En la ciudad de la muerte no puede haber vida.

Es increíble cómo cambian las cosas. Hoy estás aquí y mañana puedes estar en el fin del mundo. Las situaciones son tan distintas que no hay distinción entre lo bueno y lo malo, que los extremos se juntan. Los giros inesperados empiezan a ser mucho más satisfactorios que un leve cambio. Las lágrimas se convierten en sonrisas y los lugares llenos de gente sólo son espacios vacíos. Las manos amigas se vuelven extrañas y las desconocidas más interesantes que nunca. La rutina no es hermosa si no amarga, y el silencio es el mejor psicólogo. Las palabras hablan dormidas y los pies caminan descalzos. El oxígeno es la mejor droga y respirar no es sólo algo existencial. El corazón busca lo que la cabeza no entiende, y el cuerpo necesita lo que la mejor compañía no puede darle.
Me dejé caer en el sofá con todo el peso de mi cuerpo. A estas alturas ya debería haberme acostumbrado al mal carácter de Alice, pero por poco me explotaba la cabeza de insultos dirigidos hacia ella. 
Respiré profundamente y contesté con toda la calma que mis terminaciones nerviosas me permitían.
-Cállate si no sabes de lo que hablo.-La aludida me miró desde la otra punta de la habitación con desagrado, lo cual para mi sorpresa, despertó una agradable sensación de triunfo en mi pecho. 
-Deberías replantearte esa actitud desafiante que tienes últimamente, Hayley. Parece que ya has olvidado que sólo pretendo ayudarte.
Conocía a Alice desde que tenía uso de razón. Cuando estuvimos en el parvulario se había agenciado el apodo de ‘mejor amiga’ por su propio pie y desde entonces no había encontrado forma de quitarle de la cabeza semejante tontería. Cualquiera podría pensar que yo era una maldita cínica se mirara por donde se mirara, pero mi comportamiento estaba justificado por mi parte. Durante todos esos años nos habíamos dedicado a fingir ser amigas a sabiendas de que a ninguna de las dos acababa de agradarle la idea de convivir con la otra, pero nuestras respectivas familias así lo habían planeado mucho antes de que pudiéramos elegir nuestras relaciones sociales, y no quedaba otra que tomar la situación por hipocresía buena y bonita. Lo cierto es que tenía motivos suficientes para aguantar sus estupideces ya que la mayoría de las veces me servían para chantajearla cuando llegaba ebria a las tantas de la mañana, pero de todas formas Alice era el tipo de persona con la que una prefiere llevarse bien para no tener problemas. A veces me daba la sensación de haber estado con ella más tiempo incluso del que podía recordar de tan bien que la conocía, y eso me espantaba.
Éste era uno de los casos.
-Ah, cierto. Que ahora te dedicas en cuerpo y alma a sacrificarte por los demás, cariño.-Me regocijé en mi propio ego. Sólo había una cosa en el mundo que molestaba más que los domingos familiares a mi fiel amiga: La sinceridad. Bueno, eso y que la llamaran ‘cariño‘-Parece que al final la educación que te puso la tía Jennifer va a salir a la luz después de tantos años escondida.
-¡Algún día seré yo quien termine con esa boca sucia que tienes, rata de cloaca!
Alice soltó un bufido y se fue pegando gritos por el pasillo que se encaminaba a la cocina. 
Me recosté en el sofá con la conciencia tranquila mientras la oía alejarse soltando sandeces. Nunca cambiaría, y eso, me alegraba.


Las complicaciones siempre van de mi mano.

Dicen que llega un momento en que todas las piezas encajan para formar una sola, y sabes cuál es el camino correcto para encontrar lo que buscas, pero por aquel entonces yo estaba muy lejos de saber en qué se diferenciaban la verdad y la mentira.

A ese capítulo de mi vida lo denominé CEGUERA INFANTIL. El primer término iba dedicado a lo que podríamos afirmar, serían mis ojos. El segundo hacía referencia a esa etapa de toda existencia de cada ser humano en la que la inocencia manda y dirige todas las acciones de la persona. Ahora bien, eso no quería decir que el individuo percibiera menor número de sucesos importantes en su época de niñez si no que de todo lo captado prefiere ver el lado bueno y menos amargo. 
Por supuesto, aquel título le venía como anillo al dedo a la gran ola de desprecio en la que se movían mis sonrientes y felices ojos aquel día, que mirando a aquellos canallas que parecían ratas de laboratorio correteando de un lado a otro para buscar la salida en su celda de diminutos cerebros plagados de cobardía, se reían abiertamente de todo cuanto creían ser y no eran las miradas ebrias vecinas. 
Así, entre ratas y ratones, me dediqué a observar el rostro pálido y desganado del señor Beer, años antes de mirada honesta y pura, el más bromista de los presentes en un pasado, quizá, no tan lejano como parecía, de edad avanzada y apariencia amigable, que te hacía recordar a un viejo conocido de esos que siempre ofrecen ayuda por la calle para satisfacer su desmesurada carga de conciencia, y ahora, con los ojos perdidos en la infinidad que el suelo muestra a quienes adoran la culpa, con la cabeza entre las piernas y la dignidad bajo sus gafas de los noventa, esas color asfalto desgastado que le había regalado su mujer antes de presentarle a su amante el día antes de su aniversario, murmuraba palabras de disculpa que sólo entendían aquellos seres queridos que le esperaban en el cielo, si es que tenía alguno. 
Me pregunté a qué habían aspirado toda esa panda de inútiles durante toda su vida, y las poco agraciadas facciones de Abbey, la joven que necesitaba morfina para conciliar el sueño todas las noches desde que la ingresaron en el manicomio de Saint Cleverson, que me observaban como si vez ninguna me hubieran conocido, gracias a los métodos de relajación nocturna que hacían que su cabeza pareciera una piñata de medicamentos que podrían hacerla estallar en cualquier momento; me aseguraron que no valía la pena esperar algo útil de aquella banda de estúpidos dementes. 


viernes, 24 de febrero de 2012

Cuando la pasión es una prisión, no puedes escapar.

Noté cómo la sangre hervía dentro de mis venas. De haber sido furia lo que se estaba apoderando de mí, habría podido controlar hasta el más mínimo movimiento. Pero ése era el problema, que cada una de mis terminaciones nerviosas me susurraba que era tan sólo dolor, que la herida acababa de derramar la última gota de rojo pasión que me mantenía unido a la vida, y que no tenía mas remedio que sucumbir ante los deseos de lo que parecían las voces del suicidio al otro lado de las sombras.





jueves, 16 de febrero de 2012

Jueves 11 de Marzo

Me senté en el vagón con la mochila encima de las piernas. Otra mañana más que añadir a mi calendario de días semanales en los que mis ojos tenían la oportunidad de encontrarse con los suyos. El cristal del metro reflejaba mi tímido rostro en la ventana de en frente. El frío aún no quería desaparecer de mis dedos, y por mucho que me frotaba los guantes para intentar que mis manos entraran en calor, el maldito rastro del poco invierno que quedaba se negaba a irse de mi cuerpo. Mientras dejaba que el suave movimiento que mecía el tren acunara mis pensamientos, busqué con la mirada la única ilusión que hacía que cada mañana fuera aquella estación de Madrid la que sostuviera mi sonrisa inocente e ilusa en el suelo del tren, de lunes a viernes, sin excepción alguna. En efecto, a tan sólo unos pasos de mi asiento se encontraba él, con la mirada perdida en el horizonte. Solté un respiro, y dejé que mis ojos se cerraran en el incómodo y doloroso silencio que todas las mañanas me golpeaba con una ola de posibilidades diferentes. Ojalá algún día reuniera el valor suficiente como para acercarme a él y pronunciar su nombre en voz alta, y así conseguir que sus ojos me miraran en el que por un segundo sería el momento más feliz de mi vida. Todas estas cavilaciones e ilusiones se empujaban en mi cabeza sin saber lo cerca que estaban mis expectativas personales de tocar la realidad aquel infeliz 11 de marzo, cuando encontré sus pupilas observándome con cariño a tan sólo unos centímetros de mi butaca. Sus labios pronunciaron mi nombre y se acercaron a los míos con suma cautela, casi con miedo de ser rechazados, y con la mayor dulzura que pudieron besaron mi boca ilusa y desconcertada en medio del suave ronroneo del vagón. 
Mi vida acababa de cambiar por arte de magia. Éramos dos desconocidos que no dudaban en entregare su corazón el uno al otro. La fortuna que había tenido subiéndome a ese tren esa misma mañana no me la podía arrebatar nadie, ni el más deprimente de mis recuerdos, porque había encontrado lo único que había hecho temblar de satisfacción mi débil y diminuto corazón: Él.
Entonces, cuando la vida parecía sonreírme por una milésima de tiempo, el mundo se apagó por completo y todo cuanto conocía se sumió en la infinita oscuridad. Me aferré a la mano de mi nuevo compañero con más fuerza de la que mis miembros me permitían y esperé a que la luz volviera. El ruido de una gigantesca explosión taponó mis oídos y los abandonó en el silencio. La luz que la bomba había producido al explotar me permitió ver cómo miles de personas luchaban por salir de aquel infierno en llamas intentando encontrar el modo de escapar. Una inmensa ola expansiva de fuego y gritos se expandió por los primeros vagones del tren mientras el humo entraba en todos los conductos de ventilación y acababa con el poco oxígeno que nos iba a dar la esperanza de escapar ilesos de aquella masacre humana. Justo antes de entender lo que estaba sucediendo, comprendí que por muchas guerras que se sucedieran en el mundo y por muchos años que pasaran, el ser humano siempre seguiría siendo el mayor arma de destrucción del universo.
Besé por última vez los labios ardientes que el destino había decidido llevarse consigo, y me preparé para desaparecer con ellos en medio de las voces de histeria que inundaban el tren.




jueves, 9 de febrero de 2012

What goes around... comes back around.

Una mentira. Eso era lo que habían sido todos los abrazos, los besos, las muestras de cariño, y hasta su persona en concreto. Las palabras habían ido y venido día tras día, lágrima tras lágrima, y habían acabado estancadas en el lago del dolor, en la herida que por alguna razón inocente creía sanada, y que realmente se encontraba a puertas de que su corazón no volviera a funcionar de forma correcta durante muchos años. Sus ojos se posaban una y otra vez en ella, en busca de una señal de arrepentimiento, de una sola frase sincera que naciera en sus pupilas, aunque no tuviera el valor de interrumpir el ostentoso silencio en el que su orgullo se mecía con astucia, pero no había culpa en su mirada. 
Con la luz del fuego ardiendo en sus ojos, ella deambulaba por la inmensa niebla de preguntas secas y vacías (que no daban a entender otra cosa que no fuera el engaño), con la elegancia en cada movimiento, con la misma seguridad en los labios que aquel primer día que los mismos habían prometido ser fieles a sus sentimientos. Sin embargo, una voz débil en medio de su pecho le impedía reprocharle a gritos su comportamiento indiferente y egoísta, le prohibía arrancarle de la boca unas palabras de culpabilidad, por pocas que fueran, destruir aquella coraza de lo que algunos se habían atrevido a llamar sinceridad, y hacer que los sollozos también se adueñaran del alma de ella con la misma frialdad que en la suya. 
Entonces, con todas sus fuerzas deseó que el tiempo pusiera a cada uno en su lugar, incluido a aquella joven que se paseaba con maldita inocencia bajo las luces del gran salón de baile, burlándose de él, y de lo que habían sido.
-Sí, cariño, porque todo regresa.