miércoles, 4 de enero de 2012

Sus ojos rebelaron la mentira, sus voces lo pronunciaron.

Pero, ¿quién de todos era el más indicado para juzgar aquella mirada de insólita frialdad, para objetar aquellos ojos que se perdían en su propia enfermedad de ira? Todos éramos capaces de lanzar al silencio conclusiones que anegaban en sórdidos pensamientos erróneos, palabras y adjetivos que quizá, en algún caso extremo de alguna mente demasiada despierta, pudieran acercarse un milímetro a la realidad que nos intimidaba desde el centro de la habitación; pero después de repasar los miles de rostros que intentaban indagar en sus degradantes vidas, con la misma inteligencia y astucia que un recién nacido en brazos de su madre, tiempo después de observar la inutilidad y la ignorancia que se reflejaba en sus pupilas, que se encontraban a una distancia sobrecogedora de la honestidad, acorde con unos labios sellados de cobardía que se rendían a la imposibilidad de entender cualquier tipo de comportamiento que no fuera el de ellos; después de todo eso, los que minutos antes me habían parecido unos ojos que abordaban en la locura, se me antojaron sin ningún tipo de duda los sentidos más cuerdos e inteligentes que se hallaban en la sala.

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