miércoles, 18 de enero de 2012

Seth.

Sólo se percibía el ruido del viento, que removía el hermoso cabello rubio del chico en perfectas ondas alrededor de su frente. La sangre seca, que ahora se tornaba de un intenso color rojizo a la luz del sol, formaba surcos en las heridas que cubrían la parte izquierda de su pecho, dibujando manchas por todo su cuerpo como señal de venganza. Las manos, aún sujetas al cuchillo de acero de su cinturón, se mantenían firmes, como si quisieran defenderse del mal que ya había acabado con él; y sus brazos, levemente tensos, se fundían con el polvo del suelo a medida que iban perdiendo fuerza según pasaban los minutos. 
Los amargos minutos de silencio que había dejado la muerte me pesaban en los párpados. El enemigo había terminado el trabajo que yo no me había atrevido a realizar. De algún modo, sentí una leve sensación de gratitud que rápidamente eliminé de mi cabeza. No había venido aquí para compadecerme de nadie, ni siquiera de mí misma.
Me quedé inmóvil, observando las gotas que escurrían por su rostro, con la respiración impasible a pesar de estar contemplando el cadáver que podría haber sido mío de no haber llegado a tiempo. Me agaché para besar por última vez los labios blanquecinos que acababan de brindarme la oportunidad de seguir con vida.
-Adiós, Seth-Susurré con los ojos cerrados-.Buen viaje.
Salí corriendo hacia el interior del bosque antes de que alguien pudiera ver a la gran cazadora lamentando una muerte ajena. Parecer débil ahora que me encontraba completamente sola era un suicidio un tanto inapropiado. Me adentré en la maleza sin volver la mirada atrás.
Él nunca volvería a despertar.


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