lunes, 30 de enero de 2012

Hazme prometer que no volveré a decir que esto ha terminado.

Mis palabras estaban rotas. Mi voz yacía muerta en el fondo de mi boca. Los torpes latidos que salían de mi corazón se ralentizaban a una velocidad inconsciente que mi cerebro no podía controlar. El sudor corría por mi frente formando gotas que caían al suelo con un sonido suave, dejando que mis oídos se concentrasen en la única señal auditiva que me susurraba que aún conservaba la capacidad de oír, revelándome que aún podía percibir otra cosa que no fueran los extasiados y cada vez más lentos bombeos de la sangre en mis venas. Mis ojos distorsionaban las luces que atrapaban mi vista, intentando que las lágrimas secas que asomaban a mis pupilas no dejaran de contemplar la luz del día, por si era lo último que lograban retener y describir dentro de mi cabeza. 
Parecía fácil. Mi única tarea era seguir caminando. Conocía de sobra los motivos que me habían llevado hasta este camino, pero el cansancio psicológico era demasiado para mí. ¿Había sido necesario intentar cambiar cuando sabía que todo iba a seguir en las mismas condiciones? Quizá nunca llegara a saberlo a ciencia cierta. 
El túnel proyectaba sombras a lo largo de la oscura calzada que se encaminaba hasta mi hogar. El frío rozaba mis entrañas y se apoderaba de mi ser, pero nadie, absolutamente nadie, iba a venir a sacarme del gran letargo en el que me iba a sumergir. 
<<Sólo tienes que llegar a casa>> pensé.
Y un segundo después mis sentidos vitales dejaron de formar parte de la vida.




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