domingo, 18 de diciembre de 2011

Mi corazón es como una autopista abierta.

El viento ondeaba los mechones de mi pelo, que incansables, jugaban a escaparse del calor de la tarde a través de la ventana del coche. El horizonte, como aquel hermoso espacio entre el cielo y la tierra, se reflejaba en los retrovisores del automóvil, vigilando la vida desde la distancia. El rock acariciaba mis oídos a medida que los kilómetros iban quedando en la memoria de las carreteras que pisábamos. La sensación de libertad se incrustaba poco a poco en mi espíritu, devolviendo la vida a cada uno de mis sentidos. Las líneas del asfalto desaparecían ante mis ojos, desafiando el tiempo, burlándose de la realidad. Mi corazón latía al compás de la música que sonaba por todos los rincones del auto. Me encantaba disfrutar de cada brisa fresca que acariciaba mi cara. Amaba la manera en que el mundo se despreocupaba de mí en aquellos momentos. Era la forma perfecta de volar, sin alas.



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