jueves, 1 de diciembre de 2011

Incluso los ángeles tienen sus planes malévolos.

Abría la boca lentamente, disfrutando del aire que entraba y salía de su pecho al compás de su agitada respiración. Sus manos se aferraban a las sábanas con ansiedad, presas de aquella necesidad irracional que manejaba sus movimientos. Su pecho amortiguaba cada golpe. Las cicatrices que decoraban sus muñecas la acercaban al infierno. Sólo percibía el sonido de las uñas arañando su piel cuando sus jadeos dejaban de oírse en la oscuridad, dando paso al silencio que la adentraba otra vez en la nube de pesadillas que atormentaba su mente. Sus pupilas dilatadas recorrían cada esquina de la habitación, con la misma imagen dando vueltas en su cabeza, como un tatuaje grabado en las entrañas de su alma; en busca de una señal que despertara sus instintos. Convulsiones sacudían su pecho de manera involuntaria. Su cuerpo ardía en deseos de revivir el más mínimo recuerdo. Sumergirse en los minuciosos segundos de serenidad que su memoria le prestaba eran la única forma de luchar hasta la extenuación. Maldita la ausencia que seguía golpeando su corazón.



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