martes, 22 de noviembre de 2011

Si los kilómetros son obstáculos, yo soy la asesina de cada metro que nos separa .

Gente. Millones de personas que cruzan las calles sin saber quiénes son. Miles de ojos que nadan a la deriva en la oscuridad. Siluetas y miradas que se pierden antes de que el sol las ilumine con su cálido crepúsculo. Voces firmes y respiraciones leves que nunca llegan a ser escuchadas en la intemperie del silencio, que se ocultan en la distancia, con miedo. Sentimientos que se esconden bajo la piel, que ni siquiera sabes que existen, hasta que aparece alguien que enciende las llamas de tu alma, y te hace comprender que tus pasos te llevaron hasta allí porque aún quedan motivos para que tu corazón lata. 
Hoy en día amar es de locos, callarse es de cobardes, incluso equivocarse, es de tontos. Pero de la misma manera que la injusticia y la indecisión dominan una parte de todo, como el odio y la falsedad, quedan unos pocos valientes en el mundo que son capaces de luchar en esta sociedad donde las palabras dejan de oírse para no ser afrontadas. 
En un lugar donde las apariencias marcan tendencia por encima de lo que se siente, existen ese tipo de personas capaces de lograr sus metas, de romper cadenas y de crear caminos donde no los hay. Esos que están dispuestos a volar en tierra, a creer en lo que su corazón siente, nacidos de la fuerza de su propio orgullo. Aquellos que no se contentan con lo que tienen, que se mueren por cumplir sus sueños más allá de todo lo que conocen, y que prefieren morir antes que sentirse atrapados en lo más profundo de la impotencia. Esos corazones sinceros que sólo gritan lo que piensan. Esos pocos que cuando quieren algo, se limitan a buscarlo hasta que se quedan sin aliento, pero no sin antes haberlo intentado.


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