martes, 15 de noviembre de 2011

I'll stop the whole world, from turning into a monster.

A menudo la gente confunde con locura el más mínimo gesto de complejidad de un acto. Es mucho más fácil sacar conclusiones sobre quién es el traidor sin conocer a los acusados que interrogarlos uno por uno. Si ocurre un asesinato, sólo se oyen palabras de espanto referidos al supuesto culpable. Nadie se molesta en encontrar soluciones, en investigar las miles de opciones que manejaba el asesino en su mente en el momento del crimen. No se oye ningún por qué, no se pone en duda quién es la víctima, ni se barajan las posibilidades ni las circunstancias de ambas personas acusadas. Se da por sentado el caso y culpan de enfermo al que empuñaba el cuchillo, sin más. 
A veces la dificultad está en comprender. En intentar entender la situación ajena. La mente humana es el más agudo de los sentidos. El más perfecto nudo de complicaciones y preguntas sin respuestas que jamás he visto. En cuanto se encuentra un caso que elimina la sensatez y la lógica de las consecuencias del mismo, se toma la decisión equivocada de juzgar los hechos sin saber nada de ellos. Y es justo ese defecto el que abre paso al miedo de las personas. El de lo desconocido. El de no ser capaz de asumir y entender. 
Porque es la monstruosa incapacidad que tenemos para controlar los instintos antes de que ellos se apoderen de nosotros, la que nos impide comprender.




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