viernes, 21 de octubre de 2011

Es curiosa la manera en que ofrecemos todo a cambio de nada.

Algunos olvidan cuál es el auténtico motivo de esa capacidad de asimilar todos los movimientos egoístas, de perdonar hasta la más cruel de todas las coartadas a pesar del dolor. Pero a veces los pensamientos son demasiado tentadores como para detener las intenciones. Tenemos una más que misteriosa manía de complicarlo todo en el momento equivocado. La forma en que estamos dispuestos a dar nuestra vida por la de otra persona, de derramar hasta la última gota de nuestra sangre para salvar su alma y enterrar la nuestra en el infierno, es tan sólo el más leve de nuestros deseos. Ese intento de alcanzar la perfección para satisfacer por completo sus expectativas, cuando se te escapa el tiempo entre las sábanas y no sabes ni por dónde agarrarlo; son el mayor castigo cuando sólo tienes el silencio de tu parte. Ofrecer una parte de tu libertad en bandeja a cambio de un segundo de atención, de calor. Regalar tu corazón al diablo con tal de ver la felicidad en su rostro, es únicamente una manera de terminar con los gritos que sacuden tus sueños. Esos días en que sientes que ni con todas las palabras del mundo conseguirías describir la admiración que sientes, esas noches de almohadas repletas de ansiedad. Esa maldita manía de amar que reclama tus fuerzas.



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