viernes, 21 de octubre de 2011

Es curiosa la manera en que ofrecemos todo a cambio de nada.

Algunos olvidan cuál es el auténtico motivo de esa capacidad de asimilar todos los movimientos egoístas, de perdonar hasta la más cruel de todas las coartadas a pesar del dolor. Pero a veces los pensamientos son demasiado tentadores como para detener las intenciones. Tenemos una más que misteriosa manía de complicarlo todo en el momento equivocado. La forma en que estamos dispuestos a dar nuestra vida por la de otra persona, de derramar hasta la última gota de nuestra sangre para salvar su alma y enterrar la nuestra en el infierno, es tan sólo el más leve de nuestros deseos. Ese intento de alcanzar la perfección para satisfacer por completo sus expectativas, cuando se te escapa el tiempo entre las sábanas y no sabes ni por dónde agarrarlo; son el mayor castigo cuando sólo tienes el silencio de tu parte. Ofrecer una parte de tu libertad en bandeja a cambio de un segundo de atención, de calor. Regalar tu corazón al diablo con tal de ver la felicidad en su rostro, es únicamente una manera de terminar con los gritos que sacuden tus sueños. Esos días en que sientes que ni con todas las palabras del mundo conseguirías describir la admiración que sientes, esas noches de almohadas repletas de ansiedad. Esa maldita manía de amar que reclama tus fuerzas.



domingo, 16 de octubre de 2011

Una historia de sonrisas rotas.

Reina de la belleza con tan sólo dieciocho,
una chica tímida con un montón de sueños rotos.
Un tipo normal con un corazón empapado,
despierto cada noche por no tenerla a su lado.
Se esperaban en la esquina del camino equivocado,
con palabras en la mente y miradas de soslayo.
Se amaban como nadie, lo único asegurado,
bastó una mirada para tenerlo comprobado.
Los ojos de ella se alzaban de vez en cuando,
podría haber sido bonito de no haber hecho tanto daño.
Poco a poco se fueron distanciando,
las cosas se tuercen, y ella lo dio por sentado.
Los silencios ocuparon el vacío demostrado,
no había nada que hacer en aquella fiesta sin invitados.
El amor es el mayor engaño,
la melancolía es un licor bien caro.



lunes, 10 de octubre de 2011

Oí tu voz a través de una fotografía.

Podría rajar mi garganta y desangrarme por completo, dejar que un cuerpo inerte en medio del desastre hablara por sí solo. Sería capaz de beberme todas las botellas del desván sólo para perder la conciencia. Una pastilla más de la cuenta solucionaría el continuo estrés, no tendría que dar explicaciones de mi repentino desmayo.
Podría apretar el gatillo o quemar mi piel, hasta que ardieran mis sueños. Culpar de mi muerte al azar y celebrar como un accidente el paseo hasta el otro mundo. Con fuerza suficiente conseguiría ahogar mis deseos en el pozo de la desesperanza, sin remordimiento alguno. Quizás incluso tendría valor para hacer resbalar mi fe en el camino de la inseguridad.
Podría echar al mar las cenizas que un día dieron forma a mi cuerpo, o intentar desgarrar con gritos mi voz en medio de la noche, hasta no poder pronunciar palabra. O quizá bastara con un preciso movimiento de muñeca para que todo acabara. Pero no iba a intentar nada de eso, porque no serviría. Las cosas más extrañas no podrían cambiar mi opinión. Por desgracia mi corazón siempre iba a latir por ti.




El mundo se ralentiza, pero mi corazón late deprisa.

Esos minutos que parecen horas, encerrados en un bucle de pensamientos sin fecha de caducidad. Esos momentos en los que necesitas hablar, pero no sabes con quién, a pesar de que la sala está llena. Esas sonrisas que se quedan cortas, cuando se apagan las ilusiones, cuando las palabras sobran. Esas ganas de seguir, de continuar el camino, y de no llegar a ninguna parte. Ese frío que te consume en el fondo de tu ser, y que te aleja de ti misma. Esos pasos fuertes que se vuelven inseguros cuando se acerca la noche. Ese miedo a ser cómplice del mismo, a no tener escapatoria, a huir y no encontrar salida. Ese parte donde sabes que comienza el final.



El todo y el nada son lo mismo dentro de un segundo.

Cuando ya no queda nada y lo único que sientes es pasar tu vida delante de tus ojos a la velocidad del sonido, entonces sonríes, por volver a sentir todo lo que un día te hizo feliz, y lloras en silencio, por perderlo todo en ese último minuto. Pero, sin en vez de ser tú quien respire por última vez, eres la persona que contempla la ausencia de vida a través de lo que un día fue una mirada feliz, entonces no hay solución.