lunes, 12 de septiembre de 2011

Mi querido lugar, mi pequeño rincón, quizás el más alejado del mundo, quizás el más inapropiado, pero siempre, mío.

Sentí una presión en el pecho nada más cerrar la puerta del coche. Me negaba a aceptar que allí acababa todo. Todo lo que necesitaba en aquel momento se encontraba a tan sólo unos pasos fuera del vehículo. Sólo tenía que bajarme y quedarme en aquel lugar para siempre, pero tenía más posibilidades de mudarme a Rusia que de conseguir instalarme allí de por vida. Sonreí con tristeza. A pesar de los esfuerzos siempre me entraba la melancolía en el último momento. Una ola de voces y gritos de despedida inundó el coche, apartando todas mis dudas de golpe. Un montón de sensaciones se apoderaron de mí. Me asomé por la ventanilla para verlos por última vez. Continué con mi débil alegría hasta la rotonda. Les quería, y eso no iba a cambiar nunca.

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