domingo, 11 de septiembre de 2011

Hubo un tiempo en que no creía en los sueños...

Los sueños tienen el mismo valor que las lágrimas. Hay algunos débiles, sensibles, como los llantos de los niños pequeños, que no se quedan en nuestra mente más que unos pocos minutos para luego desaparecer en el tiempo. Otros son tan inseguros como las lágrimas de cocodrilo, que parecen ser ciertos pero acaban en el vertedero de nuestros pensamientos. También están aquellas fieles ilusiones que nos acompañan desde la más temprana edad, como cuando soñamos con ser el mejor actor o actriz de todo el país o el primero en descubrir un nuevo planeta, con los ojos llorosos de alegría al imaginarlo. Además de todos estos, están los que van apareciendo con el tiempo o las circunstancias, que pueden ser más o menos dóciles y cuerdos, y que rondan nuestra cabeza la mayor parte de los días, como esas tardes vacilonas en las que se nos escapan los lloros por cualquier motivo. Pero por encima de todo están esos sueños con voz propia, como ráfagas de incontrolables emociones que viven en nuestro interior, que se instalan de por vida en el cerebro y que mandan por encima de la razón. Esos que dan lugar a lágrimas verdaderas que en contadas ocasiones salen a la luz mostrando la verdad.



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