lunes, 5 de septiembre de 2011

Adrenalina.

Mis pies se balanceaban en lo alto de la barandilla. El verano amenazaba con no acabar nunca. El calor parecía crecer por segundos. Me dediqué a observar las ondas que el agua dibujaba en las profundidades del río. Una caída libre desde aquella altura podría ser todo lo que necesitaba. Con suerte no tardaría más de unos cuantos segundos en tocar el agua y subir a la superficie. Intenté despejar toda clase de dudas de mi mente. Unas cuantas voces a mi lado se peleaban por decidir quién sería el primero en saltar. Conseguí dejar el miedo atrás durante lo que se me antojó un segundo. El viento azotaba con cariño mi cara mientras el sol se posaba en lo alto del puente. Empecé a quemarme las manos por culpa de los tubos verdes que me sostenían. Una primera decisión valdría más que una tarde entera de espera. Caí en la cuenta de que no era el momento de pensar, si no de actuar. 
Cerré los ojos y di un paso hacía el vacío. 
Y me sentí viva.

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