martes, 16 de agosto de 2011

La libertad es la ausencia del miedo.


Empuñé la pistola con fuerza, enfrente de mí, apuntando levemente a la parte izquierda de mi pecho. La lluvia había empapado hasta el último rincón de mi cuerpo, y las gotas resbalaban en mi piel hasta caer sobre el asfalto. Los mechones oscuros caían sobre mi frente, soltando gotas de agua que acababan nublando mi vista; y golpeando el suelo con fuerza. Mis manos heladas sostenían el arma con miedo, esperando una única orden; mientras mi cuerpo se negaba a seguir en pie, dominado por el frío. Los recuerdos se apelotonaban en mi cerebro, uno a uno, como cuchillos que recibían órdenes de apuñalar sentimientos, cualesquiera que fueran aquellos; pero las pocas fuerzas que había reunido para convertirme en mi asesina tenían que surtir efecto.
Una lágrima se escapó sin permiso en el último segundo. Cerré los ojos. De nada serviría esperar. Ya no había dolor, ni pasado, ni presente. Y nunca más lo habría. Apreté el gatillo.
Los primeros rayos de sol se abrían paso en el horizonte cuando el sonido de un disparo dio comienzo a un nuevo día. 


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