miércoles, 24 de agosto de 2011

Echar de menos, significa Amar.

Observé el atardecer que se abría paso entre los cientos de árboles que cubrían el camino. El suave oleaje del río traía voces lejanas que se perdían en el aire,  y acunaba risas provenientes de todos lados. Las pequeñas gotas de agua que se escapaban con cada chapuzón se deslizaban suavemente en la piel antes de caer en las toallas. Los rayos de sol se escondían entre las miles de ramas y hojas que envolvían la zona verde del parque, dejando millones de sombras en la hierba de aquel espectáculo lleno de vida. 
Me tumbé en el césped, con los ojos cerrados, disfrutando de todos y cada uno de los recuerdos que me invadían lentamente, mientras una suave brisa de aire acariciaba mi cara.      Miles, millones de sentimientos se presentaban sin permiso con cada respiro, inundándome poco a poco en el aroma veraniego que flotaba en el aire. Recorrí con delicadeza los pequeños surcos de tierra que se disponían alrededor de mis brazos. Las diminutas hierbas que se escapaban entre mis dedos me hacían cosquillas al intentar buscar salidas entre mi cuerpo. Abrí los ojos lentamente.
 El tiempo había pasado demasiado deprisa en los últimos días. Podía recordar perfectamente cada segundo de aquellas tardes en las que me había pasado el tiempo contemplando cómo el sol se escondía entre los bloques de enfrente, mirando fotos antiguas, y dejando que los rayos de luz me acariciaran suavemente en mi ventana, con la esperanza en un puño al compás de mis ilusiones. 
Respiré profundamente. Una nueva brisa de melancolía rondaba en mi interior. En aquel momento lo único que me importaba era mi libertad. Aquel lugar era el único sitio donde se esfumaban mis miedos y donde desaparecían mis temores. Absolutamente todo lo que deseaba se encontraba allí mismo, en aquel camino, en aquel lugar, a la espera de retomar de nuevo los recuerdos que una y otra vez me traían hasta él. 
Podía sentir la misma ilusión, la misma sensación de vida que se apropiaba de mi cuerpo cada vez que tomaba los mismos pasos que unos días atrás había recorrido.
Las primeras sombras empezaban a sumergir mi pequeño paraíso en el crepúsculo, dejando rastros de luz que se perdían en el fondo del río, cuando me incorporé levemente a mirar el horizonte. El calor empezaba a ocultarse tras el frescor del verano que aún envolvía el aire.
 Me levanté con cuidado, apretando suavemente una pulsera enchapada de diminutos hilos carmesí contra mi pecho. Había llegado la hora de apartarme de nuevo de aquel lugar, de aquella parte de mí que pedía a gritos mi regreso, dondequiera que estuviese; y así lo haría. Caminé lentamente hasta el último puente del parque, con un puñado de recuerdos en cada mano. Extendí los brazos sobre el enorme tubo verde que recorría la explanada hasta la otra punta del parque y apoyé el mentón en mis manos. 
Mi pequeño rincón de vida era insustituible. 
Mi piel se estremecía con cada movimiento del aire. Podía oír cómo el agua se deslizaba suavemente a unos cuantos metros debajo de mí. 
Miré el reloj. Era el momento de salir de allí. El tiempo parecía ganarme en una carrera contra mí misma. Eché a correr lo más rápido que pude a través de los callejones que aún quedaban iluminados por los últimos rastros de luz.
Mis pasos hablaban en el silencio de las calles, rompiendo todas las expectativas entre espacio y tiempo. Me detuve unos metros antes de llegar al pequeño parque que daba paso a la entrada. Me dí la vuelta lentamente, con la respiración entrecortada y la pulsera en mi pecho. 

Eché una última mirada a todo lo que iba a dejar atrás. Ni siquiera yo era consciente de cuántos días iba a pasar añorando las mismas caras y recuerdos, ni de cuánto duraría la resaca de los días después de irme. Pero no me importaba. Viviría de mis recuerdos hasta que volviera. No todos los días se aprende a sonreír al recordar los buenos momentos y a dejar la melancolía para los viejos ratos. 
 Quizás el tiempo quisiera jugar con mi vida, reventar mi esperanza o ahorcar mis recuerdos, pero nunca podría matar mi libertad. 
Y eso era algo que por suerte, siempre tendría conmigo en aquel lugar.
Dejé que mis pasos resonaran por la carretera al alejarme entre la oscuridad que empezaba a cubrir el cielo. Se me escapó una sonrisa cuando doblé la última esquina. 

No sabía cuándo volvería. O mejor dicho, no sabía si volvería a pisar aquel lugar. Pero si de algo estaba segura era de que siempre lo echaría de menos. Esperaría con paciencia hasta que aquellas calles guardasen mis secretos de nuevo. 
Volví la mirada en el último segundo antes de desaparecer en medio de la noche, bajo la atenta mirada de aquella ciudad que se había convertido en todos mis recuerdos.



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