jueves, 7 de julio de 2011

Los ojos de la ciudad,

Hay jaleo a tu alrededor, miles de personas hablando al mismo tiempo, millones de voces sonando al unísono, como una sola. Miles y miles de pasos que vienen y van de un lugar a otro, algunos rápidos, efusivos, y otros sin rumbo fijo. Se oyen las risas de los que consiguen alzar la voz entre el gentío, los susurros de los rincones más oscuros, y los gritos que provienen de los muchos que intentan hacerse oír entre los demás. Se sienten las respiraciones agitadas y los jadeos entrecortados de lugares que permanecen en la penumbra. Las miradas intencionadas pasan de un extremo al otro sin necesidad de cercanía. Las carcajadas cargadas de ironía y desdén traspasan paredes para ser escuchadas por todos los que ocupan el lugar. En los pocos rincones en silencio que quedan, unas cuantas personas entierran sus penas antes de volver a formar parte del gentío, para seguir con su preciado juego.
Y justo cuando te paras a escuchar, esperando alguna señal, justo en el momento exacto en el que te dispones a oír, caes en la cuenta de que no puedes escuchar ninguna palabra, de que es imposible oír nada, de que no quedan personas, porque realmente todo está vacío.


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